Mi intento de entrar en Chechenia (Segunda parte)

Antes de continuar la historia no puedo menos que agradecer el interés que habéis mostrado tantísima gente por la primera parte de este post. A fecha de hoy, 14 de enero de 2013, más de 6.000 personas lo han leído y muchos me han hecho llegar sus impresiones o lo han compartido, lo que me ha animado a continuar narrando experiencias vividas en primera persona que espero que sigan siendo de vuestro interés.

Me quedé subiendo al Lada de Cruz Roja para encaminarme esta vez en busca de Sota que había prometido hacerme gestiones con los generales chechenos para pasar al otro lado.

Al llegar nuevamente al poblado los miembros de la ONG descargaron piezas enteras de carne para la población y continuaron camino. No sabía dónde vivía Sota y empecé a preguntar por él a los lugareños, que negaban con la cabeza una y otra vez ante mi insistencia. Un tanto mosquedado o quizás frustrado por el escaso éxito, se me ocurrió que no había cosa que más identificase a Sota que su Kalshnikov, y empecé a decirle a la gente «Sota Kalashnikov», «Sota kalashnikov», hasta que alguno probablemente por no escucharme más me indicó que esperase en el sitio y al poco rato apareció con Sota, que por supuesto portaba su arma. Me hizo ademanes de que lo siguiese -os recuerdo que no hablaba nada de inglés- y pronto llegamos hasta la puerta de una humilde casa. Dentro, una mujer joven pero con un semblante marcado seguramente por jornadas de preocupaciones infinitas, sujetaba un bebé entre los brazos. Sota me lo acercó y su rostro se iluminó esbozando la sonrisa franca que me había mostrado hace dos días mezclada con un orgullo de padre que no necesitaba de idiomas para entenderse.

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Mi intento de entrar en Chechenia (I)

Los que me conocen saben que para contar alguna batalla periodística de mis años de mochila y cámara de fotos al hombro, suele ser necesario que antes me haya tomado algunas copas. Nunca me ha sido fácil contar historias cual abuelo cebolleta, quizás porque en el fondo la modestia se apodera de uno en medio de tanta inmodestia e ínfulas que pululan por el mundo 2.0 a diario.

El caso es que mientras estudiaba periodismo, e incluso antes, siempre admiré las crónicas del difunto Ricardo Ortega desde el corazón del conflicto checheno. Me llamaba la atención muchísimo ese conflicto en el que la superpotencia se enfrentaba al orgullo trufado de fanatismo de un pueblo cuya capital, Grozni, significa Terrible.

El caso es que andaba yo viviendo en Beirut en el verano de 2000, tras haber llegado desde Siria para cubrir la liberación del sur del país. Lo recorrí con Hezbolá para posteriormente publicar en El Mundo un ‘Testigo directo’ en la última página e iniciar mis colaboraciones con ese medio. Pero eso había sido algún mes antes y digamos que ya era verano, todo estaba más calmado, y con apenas 500 dólares en el bolsillo me acordé de Ricardo Ortega y del sempiterno conflicto. Miré un mapa, calculé en varios miles de kilómetros llegar hasta allí, llamé a El Mundo para avisar que me iba y que ya daría señales de vida, y ni corto ni perezoso me embarqué en la única aventura periodística que me salió mal en lo que a publicar se refiere.

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